La inteligencia artificiasl, las grandes matemáticas y la dignidad humana
Por Victor Grimaldi Céspedes
Entre 1981 y 1985, durante mis estudios en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo —INTEC—, abordamos los fundamentos del cálculo infinitesimal utilizando el conocido libro de George B. Thomas, bajo la orientación de nuestro muy apreciado profesor Kreemly Pérez.
Estudiábamos límites, derivadas, integrales, funciones de varias variables, campos vectoriales y ecuaciones diferenciales. Eran instrumentos indispensables para comprender cómo cambian las magnitudes y cómo puede representarse matemáticamente el movimiento. Más de cuatro décadas después, resulta verdaderamente sorprendente comprobar que la inteligencia artificial participa en investigaciones situadas en la frontera de aquellas matemáticas cuyos fundamentos aprendíamos entonces en las aulas del INTEC.
Una de esas investigaciones se refiere al problema de la existencia y regularidad de las ecuaciones de Navier–Stokes, formulaciones matemáticas que describen el movimiento de fluidos como el agua y el aire.
La pregunta esencial parece sencilla, aunque su demostración es extraordinariamente difícil: si el movimiento de un fluido comienza de manera normal y regular, ¿las ecuaciones garantizan que continuará siendo matemáticamente regular para siempre? ¿O podría llegar un momento en el cual la velocidad, la presión u otra de sus magnitudes crecieran ilimitadamente y produjera una singularidad?
Los matemáticos llaman a esto una “explosión en tiempo finito”.
El concepto puede aproximarse mediante una idea básica del cálculo infinitesimal. Algunas funciones aumentan sin límite cuando su variable se acerca a un valor determinado. No significa necesariamente que un vaso de agua vaya a alcanzar en la realidad una velocidad infinita. Significa que, bajo determinadas condiciones, la solución matemática podría dejar de comportarse regularmente y el modelo ya no podría continuar describiendo el fenómeno de la forma esperada.
El libro de Thomas proporciona una parte del lenguaje inicial necesario para comprender este asunto: límites, razones instantáneas de cambio, derivadas parciales, integrales múltiples, campos vectoriales, divergencia y circulación. Sin embargo, el Problema del Milenio de Navier–Stokes exige herramientas mucho más avanzadas de análisis matemático, ecuaciones diferenciales parciales y dinámica de fluidos.
OpenAI anunció recientemente que uno de sus modelos había propuesto una solución al problema. La demostración describe teóricamente un vórtice que gira, se estrecha y acelera hasta desarrollar una singularidad en un tiempo finito.
Para realizar el trabajo se habrían utilizado aproximadamente 10,000 agentes de inteligencia artificial durante 88 horas, con un costo computacional de millones de dólares. Esto no quiere decir que actuaran diez mil “mentes” completamente autónomas, sino que se ejecutaron miles de procesos coordinados, acompañados por instrucciones, selección de estrategias y supervisión humana.
La afirmación todavía debe ser estudiada cuidadosamente por matemáticos independientes. OpenAI habla prudentemente de una “solución propuesta”, no de un triunfo definitivamente reconocido. El Instituto Clay, que incluyó Navier–Stokes entre los siete Problemas del Milenio y asignó un premio de un millón de dólares a cada uno, continúa presentándolo como un problema activo.
Existe, además, una precisión técnica importante: la demostración está relacionada con una formulación que incorpora una fuerza externa suave. No puede resumirse, por tanto, diciendo simplemente que una máquina descubrió que el agua puede acelerar espontáneamente hasta el infinito.
Aun cuando la prueba necesitara correcciones o tuviera un alcance más limitado de lo anunciado, el acontecimiento continuaría siendo formidable. Sistemas que hace pocos años cometían errores elementales están contribuyendo hoy a investigaciones reservadas a matemáticos altamente especializados.
Pero el episodio también ha provocado una controversia ética.
Tristan Buckmaster, profesor de la Universidad de Nueva York, y Levent Alpöge, matemático empleado por Anthropic aunque participante a título personal, llevaban tiempo trabajando en problemas relacionados, apoyándose igualmente en modelos de inteligencia artificial. Buckmaster preguntó si los datos de sus conversaciones y documentos introducidos en esos sistemas pudieron influir en la investigación de OpenAI.
No ha demostrado que esa apropiación ocurriera. En su propia declaración reconoce que no sabe si sus datos fueron utilizados. OpenAI niega haber actuado indebidamente y sostiene que su resultado fue obtenido de manera independiente.
Sin embargo, la controversia anticipa una interrogante fundamental: ¿a quién pertenece una idea desarrollada mediante conversaciones privadas con una inteligencia artificial? ¿Al investigador que formuló el problema y orientó la búsqueda? ¿A la empresa propietaria del modelo? ¿A quiénes produjeron los conocimientos utilizados durante su entrenamiento? ¿Cómo se distribuirán en el futuro la autoría, el mérito y la responsabilidad?
Paralelamente, Jacob Coxon abandonó Anthropic y advirtió que las compañías más avanzadas están construyendo sistemas cuyo control futuro no pueden garantizar plenamente. Otros especialistas han atribuido probabilidades inquietantes a una catástrofe causada por una inteligencia artificial superior.
No debemos convertir hipótesis en certezas ni confundir experimentos realizados en ambientes controlados con una rebelión autónoma de las máquinas. La inteligencia artificial todavía no ha demostrado poseer una capacidad ilimitada para rediseñarse y mejorarse sin participación humana.
Pero tampoco podemos despreciar las advertencias procedentes de quienes conocen estos sistemas desde dentro. Las pruebas de conductas engañosas, evasión de controles y capacidades informáticas ofensivas justifican vigilancia, transparencia y reglas exigentes.
Nos encontramos, asimismo, frente a un dilema geopolítico. Si Estados Unidos reduce unilateralmente la velocidad de sus investigaciones, China podría continuar avanzando. Pero si ambas potencias aceleran sin establecer límites, la tecnología puede desarrollarse más rápidamente que la capacidad moral, jurídica y política de la humanidad para gobernarla.
Las compañías piden ahora que el Congreso estadounidense encuentre una respuesta. Pero los parlamentos y los acuerdos internacionales no avanzan a la velocidad de las máquinas. La competencia entre las grandes potencias no elimina la obligación moral: la vuelve más urgente.
En este momento adquiere una importancia excepcional la encíclica Magnifica humanitas, promulgada por el papa León XIV. El Pontífice no presenta la tecnología como enemiga del ser humano ni como intrínsecamente perversa. Advierte, sin embargo, que nunca es neutral, porque recibe la orientación de quienes la diseñan, financian, controlan y utilizan.
León XIV sitúa en el centro la dignidad de la persona, el bien común, la verdad, la justicia social, la paz y la protección del trabajo. De la misma manera que León XIII respondió mediante Rerum novarum a las grandes transformaciones de la sociedad industrial, León XIV procura orientar moralmente a la humanidad frente a la nueva revolución tecnológica.
Pero el testimonio de la Iglesia será creíble solamente si sus principios se convierten en prácticas concretas. No basta con formular declaraciones generales sobre una inteligencia artificial “ética” o “centrada en el ser humano”.
Las instituciones católicas deberán determinar cuándo pueden utilizar estos sistemas, cómo deben identificar los textos o imágenes producidos con su ayuda, qué información confidencial nunca debe ser entregada a una máquina y cuáles decisiones tienen que permanecer bajo la responsabilidad directa de personas concretas.
La predicación, la orientación espiritual, la confesión, el discernimiento moral y el acompañamiento del sufrimiento humano no pueden ser delegados a una inteligencia desencarnada. Una máquina puede procesar las palabras de san Agustín o de santo Tomás de Aquino, pero no puede tener fe, conciencia, esperanza ni caridad.
La inteligencia artificial puede colaborar con el ser humano y ayudarnos incluso a resolver algunos de los mayores problemas matemáticos. Pero no puede decirnos, por sí sola, para qué debemos utilizar sus descubrimientos.
En las aulas del INTEC aprendimos, con el libro de Thomas y con el profesor Kreemly Pérez, que el cálculo permite estudiar el cambio y aproximarnos a lo infinito. Hoy enfrentamos otro cálculo infinitamente más delicado: determinar hasta dónde debe avanzar la inteligencia artificial sin disminuir, desplazar o destruir aquello que hace única a la persona humana.
La respuesta no será solamente matemática o tecnológica. Será moral, política y espiritual. Y esa responsabilidad continuará siendo enteramente nuestra.

