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Los centauros democráticos, por Julio César Castaños Guzmán, abogado y escritor

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LOS CENTAUROS DEMOCRATICOS
Por Julio César Castaños Guzmán
La Democracia constituye al día de hoy un valor universal indiscutible por todo lo que ella implica de tolerancia, consenso y respeto por la dignidad del hombre.
Además de que es una verdad bastante admitida que el gobierno de las mayorías si bien no es infalible al menos parece ser más confiable que la oligarquía; y, todavía más conveniente, que la soberanía de ciertas categorías sociales, que a través de leyes de hierro han gobernado tiránicamente con partidos únicos.
La separación de los poderes, o la panacea de Montesquieu, de que “el poder lo controla el poder” aparecen también hoy, como el núcleo del constitucionalismo y la organización del Estado. Así como la sustancia ideal del más puro gobierno de los unicornios inofensivos.
Sin embargo, ingenuamente podríamos concluir, que todo está resuelto y que simplemente debemos esperar la cosecha de todo el bienestar que nos deparará la democracia, hoy potenciada, de una parte, con el neoliberalismo, y de la otra parte, sazonada con el credo de salvación del Estado Social y Democrático de Derecho.

Así como, Erasmo de Róterdam, escribió el “Tratado del Príncipe Cristiano”, dedicado al joven Carlos V, Nicolás Maquiavelo, en pleno Renacimiento y partiendo de una concepción bastante pesimista de la naturaleza humana, escribió su opúsculo “El Príncipe”, dedicado a Lorenzo de Médicis e inspirado en la figura de César Borgia.
El florentino Nicolás procuraba con sus recomendaciones, que se erigiera en Italia el gobierno de un Príncipe eficiente que la reunificara, para que unida reviviera días de gloria, constituyendo un Estado nacional fuerte.
Ciertamente que esta perspectiva abrió, para los que estudian la política como ciencia, un espacio importante al considerar el oficio de gobernar en una dimensión más consecuente con la realidad, haciendo la diferenciación entre el deber ser (la moral) y los hechos políticos tal y como son.
Lo que no imaginó Maquiavelo es que sus recomendaciones para asegurarse el éxito en obtener y mantener los principados, formuladas en un ambiente despótico y autoritario, serían de tanta utilidad para muchos actores políticos que hoy se desempeñan en regímenes “democráticos”.
Maquiavelo utilizó el mito de Aquiles y el centauro Quirón para sugerir las condiciones que debía reunir el príncipe. Se cuenta que Aquiles tuvo como preceptor a Quirón, medio caballo, medio hombre, para instruirlo en las artes de la música y la guerra. Los antiguos querían significar con esto que el gobernante debe actuar como animal y como hombre.
En tanto hombre con las leyes, en tanto animal con la combinación de la fuerza de un león y la astucia de un zorro.
Con los pies en la tierra y atento al mundo cambiante de las circunstancias. Lincoln, por ejemplo, argüía sobre el particular que: “Si una serpiente me sale al paso en mi camino, me apresuraré a matarla con el primer palo que encuentre; pero, si encuentro la serpiente en la cama en que duermen mis hijos, he de tomar mayores precauciones para que no los muerda, y mayores aún, si la culebra aparece enroscada en la cuna del hijo de mi vecino…”.
Como terreno propicio para los engaños y trapisondas está la política llena de discursos falaces y porfías que asemejan a cantos de sirenas, que le hacen perder el rumbo a los navegantes; también a los gobernantes.
Es vital establecer constantemente la diferencia entre lo posible y lo probable. El intersticio delicado y tenue entre lo imposible y el ideal alcanzable; o lo que es quimérico en el presente, pero de realización futura.
En la realidad vemos cómo muchas promesas electorales que son objetivamente falsas precisan ser dichas, porque la clientela política de un candidato requiere oírlas, ya que se avienen con el perfil que le han dicho sus asesores de campaña que él tiene.
Don Quijote, previniendo a Sancho Panza de la debilidad humana que es asaeteada constantemente por los flechazos de distintos sagitarios, lo aconseja para que gobierne correctamente en la ínsula Barataria, y le dice: “Si alguna mujer hermosa viniere a pedir justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que te pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.”
Para el maquiavelismo los hombres son la arcilla del poder, porque dentro de este esquema la reivindicación del propio hombre no es lo esencial. Lo más importante y la finalidad, es un gobierno fuerte, un líder eficaz que, utilizando todos los medios, se imponga a sus adversarios.
El gran humanista Maritain escribe al respecto esta advertencia: “¡Qué tentación el maquiavelismo para todos los que se han lanzado a la política, aun a la democrática!”.
El Estado democrático moderno aparece hoy sacudido por la lucha de sus príncipes, perfectos ejemplares extraídos de una estampa del Renacimiento, discípulos acabados de Maquiavelo. Enquistados en los mismos poderes del Estado que elaboró Montesquieu.
Ante los medios sugeridos por la subyugante “Razón de Estado” y los desmanes de los eficaces centauros demagógicos, que implacables y auxiliados por arqueros a destajo, operan encubiertos en “granjas de bots”, disparando sus saetas digitales contra los unicornios indefensos…
Deseamos concluir, querido lector, lectora, que en estos tiempos líquidos, nos encontramos ante el dilema existencial de continuar revestidos con el manto envenenado del centauro Neso, que terminó matando a Hércules; o, finalmente, nos decidimos a combatir valientemente por un mundo mejor, comprometiendo la propia vida… blandiendo firmes la espada del derecho y la justicia.
¡Tú decides!

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