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Bajo la sombra del mango: juventud, experiencia y el arte de saber esperar, por Daniel Bodden

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Bajo la Sombra del Mango: Juventud, Experiencia y el Arte de Saber Esperar
Por: Ing Daniel Bodden
Al alumno con cariño.
“Volver a los diecisiete después de vivir un siglo / es como descifrar signos sin ser sabio competente / volver a ser de repente tan frágil como un segundo…” — Violeta Parra
La historia política de la República Dominicana es un fértil huerto de parábolas donde las grandes verdades de Estado suelen explicarse con la sencillez de la tierra. A finales de la década de 1930, ante el dilema asfixiante de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, dos jóvenes intelectuales de brillo excepcional sostuvieron un encuentro definitivo. Juan Bosch eligió la verticalidad ética del exilio, asumiendo veintitrés años de carencias y nomadismo militante. Joaquín Balaguer, en contraste, optó por la permanencia táctica dentro del engranaje del régimen. Al intentar Bosch convencerlo de abandonar el país para preservar intacto su porvenir, Balaguer inmortalizó una respuesta que trascendió como el manual definitivo del pragmatismo criollo: «Juan, tú te vas a pasar la vida rodando por el mundo y pasando trabajo en el exilio. Yo prefiero quedarme aquí, ponerme debajo de la mata y esperar que caiga el mango».
Aquel mango, que no era otra cosa que el poder absoluto concentrado en el dictador terminó cayendo por gravedad histórica. La paciencia fría de Balaguer le permitió estar en el lugar exacto para recoger el fruto, inaugurando una dinastía política que sumaría más de dos décadas en la conducción del Estado. Casi un siglo después, esta metáfora agrícola recobra una vigencia asombrosa al analizar el tablero político contemporáneo, específicamente la sutil y debatida dinámica que se desenvuelve en el seno de la Fuerza del Pueblo entre el doctor Leonel Fernández, el padre y líder histórico, y el joven senador Omar Fernández, el hijo y figura emergente.
En los pasillos de la discusión pública ha comenzado a instalarse un debate motorizado por la efervescencia de los entornos. Existe un núcleo de partidarios, predominantemente jóvenes, que empujan con prisa la candidatura presidencial de Omar a sus treinta y cuatro años, argumentando que el momento del relevo es inmediato. No obstante, la corriente mayoritaria y más prudente del electorado observa el panorama con cautela. No se trata de un simple cálculo de casillas electorales, sino de un profundo código moral y cultural que vertebra a la sociedad dominicana: el valor inquebrantable del respeto al padre, la estructura de la familia tradicional y el reconocimiento de la jerarquía como pilares del orden social.
Si tuviéramos que actualizar la célebre máxima balaguerista a los tiempos que corren, la parábola se reescribiría de la siguiente manera: El padre sembró la mata, la regó durante décadas frente a todas las inclemencias y conoce palmo a palmo las raíces de ese árbol de poder. El hijo no necesita sacudir el tronco para tumbar el fruto a la fuerza, ni mucho menos confrontar al sembrador. En el orden natural de las cosas, lo que le corresponde es resguardar las espaldas del padre bajo la copa del árbol, asimilar la sapiencia acumulada ante las tormentas y aguardar con dignidad a que el fruto madure y descienda por su propio peso.
Presentar este escenario como una inminente confrontación generacional constituiría un craso error de lectura. En la idiosincrasia de las generaciones que crecieron viendo en el padre al jefe de familia y al referente de autoridad, cualquier asomo de desafío filial sería percibido como un irrespeto inadmisible. Lejos de consolidar un liderazgo, una aventura presidencial prematura que fracture el legado paterno provocaría el rechazo masivo de un electorado que asocia la madurez política con la lealtad familiar. El respeto que Omar exhibe hacia Leonel Fernández no es una debilidad táctica; es, por el contrario, su activo político más valioso y su mejor carta de presentación ante los ciudadanos que exigen cordura.
Existe, además, un espejismo contemporáneo en ciertos sectores de la juventud que propugnan la idea de que solo las nuevas generaciones poseen ideas válidas para aportar, relegando la experiencia a una condición de obsolescencia. Nada más alejado de la realidad. Los años no restan vigencia; otorgan el coraje templado y la serenidad indispensables para pilotar un Estado en tiempos de crisis global. La presidencia de la República no es un galardón a la popularidad del momento ni un laboratorio para la improvisación; demanda la piel dura, el conocimiento de los hilos del Estado y el reconocimiento internacional que solo se logran tras haber transitado el desierto de la alta política.
Paradójicamente, la modernidad ofrece hoy herramientas extraordinarias que derriban los antiguos mitos de la decadencia. El acceso a la Inteligencia Artificial y a las tecnologías de vanguardia actúa como un catalizador que revitaliza el liderazgo maduro. Como en los versos inmortales de Violeta Parra, este puente tecnológico es capaz de «volvernos a los diecisiete», dotando al estadista de una agilidad y precisión formidables, pero con la invalorable ventaja de conservar intacta la sapiencia acumulada a lo largo de una vida. Es la fusión perfecta: la energía del futuro al servicio de la madurez competente.
Quienes hoy presionan por acelerar los tiempos políticos parecen olvidar las leyes más elementales de la naturaleza y de la estrategia. Intentar arrancar el mango antes de tiempo para forzar su maduración en un cajón con carburo es una trampa de la desesperación. El fruto madurado artificialmente pierde su esencia, carece de consistencia y priva al paladar de la delicia de su verdadero néctar. La Alcaldía de la capital o la consolidación del liderazgo parlamentario en el Senado representan las plazas idóneas para que el joven líder termine de forjar su carácter bajo la guía de quien ya ha gobernado los destinos de la nación en tres ocasiones.
La prudencia balaguerista y la verticalidad de Bosch nos enseñan, desde sus respectivas aceras, que en política el tiempo es un jinete que no se deja espolear por la prisa. La Fuerza del Pueblo y el país no necesitan una división nacida de la impaciencia. Omar Fernández posee un porvenir indiscutible, pero su éxito a largo plazo dependerá de su capacidad para situarse con paciencia estratégica debajo de la mata. Al final de la jornada, el liderazgo auténtico no se arrebata; se hereda con dignidad, se cultiva con respeto y se recibe con la madurez necesaria para saber saborearlo.

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